lunes, 26 de diciembre de 2016

Bajo la alfombra

Matarlo había sido rápido. Lo había hecho sin pensarlo. Solo quería que se callara, que dejara de repetir una y otra vez la misma historia. Siempre parado un poco más cerca de lo que correspondía.

Esa había sido la parte fácil.

Justo después, empezaron los problemas: con los golpes en la cabeza, había manchado toda la habitación. ¿Quién hubiese pensado que el viejo tuviera tanta sangre? Pero la tenía, y había manchado las paredes, el techo, a él mismo. Todo estaba salpicado por finas gotas de sangre, incluso la alfombra.

La vieja y odiada alfombra, convenientemente gruesa, convenientemente oscura, convenientemente grande, convenientemente fea. Perfecta para tapar a un muerto. Y aunque ahora a su fealdad de siempre le agregaba una fealdad nacida de la deformidad, eso en algún punto lo beneficiaba. Nadie pisaba esa horrible alfombra, y si, por algún motivo alguien la miraba, enseguida apartaba la vista. Era esa fealdad la que la convertía en el escondite perfecto.

El problema fue el olor.

Con el transcurso de los días, ese olor a carne podrida fue traspasando la alfombra, y ganando la habitación. Ya no ayudaba en nada el aire acondicionado a 17 grados, y ese frío de morgue. El cuerpo se iba pudriendo, y el olor de ese jugo que iba manchando la alfombra, que se iba escapando del cuerpo era, cada vez más, una presencia tangible en la casa.

Probó muchas posibles soluciones: Plantas aromáticas, sahumerios, incienso quemándose a toda hora en cuencos sagrados, e incluso un perro callejero, al que mojaba rigurosamente cada 2 horas. Pero ningún olor tapaba a ese otro, más fuerte, que despedía la alfombra.

Casi sin ideas, trató de conseguir una alfombra más grande, más gruesa, más absorbente y al menos igual de fea, para ese doble propósito de repeler las miradas indiscretas, al tiempo que tapaba el olor. Pero el muerto, indiferente a todo lo que pasaba a su alrededor, seguía ocupado en pudrirse, en apestar la casa, en convocar a moscas cada vez más grandes, cada vez más verdes, cada vez más moscas.

Hasta que un día no pudo entrar más a esa habitación. Por desgracia, esa casa tomada por el olor no era una casona, sino un humilde dos ambientes. Así que la cosa duró poco. Expulsado de la pieza principal, solo le quedaba el living, que ya de por sí era chico, y estaba lleno de diarios viejos y mierda de ratas.

En esa situación, sintió alivio cuando la policía vino a buscarlo. Ya no iba a estar todo el tiempo mirando a la puerta, imaginando las manchas de la alfombra extenderse, calientes, viscosas, pegajosas. Ya no iba a perder horas de sueño tratando de distinguir entre los olores cual era olor a muerto y cual era olor a alfombra podrida.

Dicen los guardias que es un preso casi ejemplar. Y ese casi es porque cada tanto, cuando consigue matar una rata, o un pajarito, lo mete en la celda y lo tapa, prolijo, con un pedazo de frazada

que pone en el piso

como una alfombra.

lunes, 3 de octubre de 2016

Cicatrices

Te acaricio la espalda, despacio, muy despacio, mis dedos suben hasta la nuca, se meten entre el pelo, tocan apenas las orejas, para volver a bajar por la espalda. Secretamente, lo hago para que te duermas. Me gustaría verte dormir, saber que te sentís segura al lado mío. Nunca lo logré antes, no lo voy a lograr ahora. No sé si es falta de confianza, si es miedo a que nos descubran, o qué es, pero lo más cerca que llego es a esto, a escuchar tu respiración volverse más lenta, a que hagas un ruido muy parecido a un ronroneo.

Como si escucharas lo que pienso, te das vuelta para mirarme y sonreís un "no me voy a quedar dormida, dejá de intentarlo". Sonrío yo también, y aprovecho para darte un beso. Te acomodás en mi pecho, como siempre, y sé que estás tratando de escuchar el soplo, pero hoy no me voy a enojar por eso. Calculo que es una forma que tenés de preocuparte por mí. Una forma rara, pero pedirte que seas normal sería un error. 

Te aburrís de no poder escuchar ese ruido, y te pones a acariciarme el brazo. Tus dedos van resbalando por la parte interna del bíceps hasta llegar a esa cicatriz, terrible, cerca del codo. Una esquirla de metralla. Seguís bajando y esquivando todas las marcas, todas las huellas que van haciendo de mi piel un mapa de mi vida. El antebrazo y las manos, siempre más expuestas, tienen cicatrices sobre cicatrices, sobre quemaduras, sobre raspones, sobre golpes, sobre caricias. Imposible avanzar sin tocar alguna de ellas. Conozco el juego, perdiste. 

Llevas las caricias a mi pecho y, para evitar que esa forma tuya de espantar el sueño se vuelva rutina, pongo mi mano sobre la tuya y te obligo a cambiar: te hago pasar por las cicatrices. Me molesta un poco, la piel nunca vuelve a ser la misma, pero tampoco es tan terrible. Te llevo la mano primero a las más grandes, y voy diciendo despacio el lugar, la fecha, quien la hizo. Y pasamos de las cicatrices fuertes, marcadas, que resaltan, a esas más prolijas, de hospital. Sigo recitando lugares, peleas, nombres. 

Tengo que sentarme, nuestros dedos entrelazados van recorriendo las piernas, y todo se pone más confuso. Cicatrices grandes, si, pero que no recuerdo, me hacen dudar. No quiero romper la magia, pero tampoco quiero mentirte. No lo sé. Ese tajo terrible que cruza mi pie, no sé de donde salió. Me mirás, espantada. Tanta guerra, tanta noche, tanto miedo que se vuelve furia, que se vuelve esperanza, que se vuelve amor, que se vuelve soledad,que se vuelve marca en la piel.

"No se vuelve de ciertos lugares sin una cicatriz, pero si hay cicatriz es que uno pudo volver, es que uno sigue vivo"
Lo dije en voz alta, no tendría que haber dicho nada, tu piel sigue siendo suave. No sé por cuanto tiempo más. Ahora los dos tenemos preocupación en los ojos. Vos, de mi pasado. Yo, de tu futuro. Vibra el teléfono, ya estoy tarde. Te doy un último beso antes de salir. Por tu frente cruza una arruga, que es, en cierta manera, cicatriz.

Es bueno. Seguís sintiendo, seguís viva.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Horizonte

Ya ni sé para que montamos guardias. Tal vez es la manera que tiene Roque de mantener la moral, o lo hace por costumbre. Nunca lo entendí mucho, menos ahora, pero algo es seguro, si Roque quiere guardias, hay guardias. Además, es una forma tan buena como cualquier otra de contar el paso del tiempo.

Al menos yo tuve suerte, la relevo a Naty. Si voy antes por ahí le saco un poco de charla, y se queda hasta un ratito antes de que termine mi turno. No hasta el final, porque la única vez que lo hicimos el Turco empezó a mirar mal, a tirar comentarios. A mí mucho no me jode lo que pueda decir el Turco, pero lo mejor es tratar de no joder a nadie, estando como estamos todos armados, y encerrados.

Encerrados. No tendría que usar esa palabra. Nosotros estamos libres. Guardados, si, pero libres. No importa que estemos comiendo comida en lata hace meses, no importa que veamos el sol tres veces por semana, solo un rato, lo mínimo, por una ventanita. Estamos libres. A varios los reventaron para que nosotros podamos llegar acá. Otros tuvieron peor suerte, se guardaron en lugares menos seguros, y se los llevaron. Nosotros, libres. Por ahora al menos.

Bajo de la cama, dos pasos y giro a la izquierda, tres pasos más, la puerta. Hacer fuerza para arriba y girar el picaporte. Chilla un poco, abrir con cuidado. Pasillo, seis puertas del lado izquierdo y a la séptima, adentro. Cruzar la habitación, correr las maderas del fondo y pasar por el boquete. Otro pasillo. Contar tres puertas, y entrar por la puerta del lado derecho. Habitación de guardia.

Podría hacer este camino con los ojos cerrados. Mañana tal vez. Sería un cambio divertido, y me ahorraría de ver varias cosas desagradables. Si uno vive demasiado tiempo en un laberinto, se acostumbra. Esa es una de nuestras ventajas, nosotros vivimos acá, esto no es laberinto para nosotros. El quilombo que se armaría si alguien empezara a cambiar los pasos. Un buen laberinto es un laberinto vivo, ahí no hay costumbre que valga.

Ya en la habitación, me saco el fusil de la espalda y lo miro, largo. ¿Seguirá disparando? Imposible saber, ya me enteraré si no anda. "Cuando sea demasiado tarde, si es que no anda", dice una voz en mi cabeza, pero trato de pensar en otra cosa. No hace bien escuchar las voces de adentro. Mejor concentrarse.

Ahí, adelante mío, está la pared, intacta. Ladrillo de canto, tapiando la puerta. Bastante bien quedó, pese a que lo hicimos a las apuradas. Al costado, el dibujo. Debe ser algo que me pasa todos los días, porque hay algo de burla en la voz. Como si hubiese querido avisarme antes, y yo no la hubiese dejado. Ahí está el dibujo:

Unos pocos tejados, techo a dos aguas, paredes claras, mucho sol, mucha luz. Algunos árboles, sobre todo a la derecha, y de fondo un mar, muy calmado. Más lejos, una costa, y muchas casitas, también blancas, pero tan chicas que casi no se ven. Eso, y cielo, mucho cielo. Casi ninguna nube. Nunca te pregunté si esas casitas eran de una isla, o era una vuelta de la costa.
 Y ya nunca voy a saberlo.

Como despertando, pero al revés, los recuerdos apagados, encerrados en el fondo, se vuelven realidad. Ese dibujo es el horizonte que queríamos de viejos, que ya intuíamos que no íbamos a poder tener. Una casa humilde, pero con linda vista. Eso, y pelearnos hasta tarde por política. Por eso lo dibujaste. Un poco para poder fingir que estaba todo bien, un poco porque ya estábamos acostumbrados a arreglarnos con lo que se podía, con lo que teníamos. Como este refugio, como este fusil. Como todo.

Agarro las tizas del piso y voy despacio, repasando esos lugares que veo más desgastados. Concentrado en el movimiento, para no escuchar la voz que me pregunta por qué no agarro por el pasillo, por qué el boquete, por qué ya no recibo órdenes de Roque, por qué el Turco... Demasiadas preguntas. Copio tu trazo, sigo tus huellas, con cuidado, con cariño, como acariciando lo último que me queda de vos. 

Y tal vez llegue un momento en que lo haya repasado todo, en que ese dibujo no tenga nada de tus colores originales. Pero mientras mi mano pueda sostenerlo, acá va a estar. Nuestro horizonte, nuestro sueño de una vejez más tranquila, después de tanto luchar, de tan poco vencer, de tanto caer y tanto levantarse. Como si a fuerza de recuerdo pudiese tenerte acá, escucharte reír, mirarte a los ojos.

Escucho pasos atrás de la pared tapiada.

Hoy, al menos, me voy a sacar una duda.

lunes, 22 de agosto de 2016

Desolvido

No sé cuanto pasó desde la última vez que me desperté. Me duele la espalda, siento cada una de las arrugas de la sábana en mi piel. Hace mucho que no me muevo. Me gustaría poder decirle a la enfermera que me disculpe, que yo quiero moverme, pero no puedo. Hace tiempo perdí la capacidad de hablar. Cada vez me cuesta más salir de ese estado de sopor, pero por algún motivo ahora puedo pensar bien. Seguramente es una tregua que me fue dada para ponerme en orden conmigo misma, para entregarme a ese Dios o destino que nos espera a todos.

Quiero aprovechar estos minutos de lucidez para pensar en limpio algunas cosas. Me gustaría tener a mano una pluma, y unas hojas. Podría escribir como escribía cuando era chica, en cursiva, un poco inclinada, como nos pedía la maestra. De todas maneras, ya sé que eso es imposible, mas por algo recuperé la lucidez, y si este canto de cisne no va a poder ser para otros, será al menos para mí. Una carta de despedida a mi misma. 

No quiero hacer un recuento con detalles del camino que me llevó hasta acá, hasta esta cama. No sé de cuanto tiempo dispongo, y quiero aprovecharlo al máximo. Además, uno de los grandes problemas con los que lucho desde que empezó la enfermedad, es el esfuerzo enorme por llevar las cosas a su lugar. Por recordar fechas, por recordar caras, por recordar nombres. Por recordar los pasos necesarios para hacer la cosa más simple. Como si tuviese que sostener la realidad.

Sin mi esfuerzo, pensaba, esa realidad se volvería pesadilla, esa llave volvería a esconderse, volvería esa humillación de sentir que se me mojan las piernas, porque una vez más olvidé ir al baño. Y no es olvido común, es un olvido más poderoso, más de adentro. Es saber que una inició un camino hacia la oscuridad. Es saber que una va a ser una carga para los demás, mientras ese olvido va ganando carta a carta el mazo, hasta que son todos comodines, porque no se puede recordar que carta es cada cual.

Ya no necesito hacer fuerza. Cuando sienta que la realidad empieza a desencajarse nuevamente, voy a tratar de dejarme ir, en paz. Siempre lo supe, pero ahora también acepté, que en algún momento me voy a tener que ir. Es la ley de la vida, me iré para que otros puedan venir. Si no se cosecha no se puede arar. Sin arar no se puede hacer una nueva siembra. Una tiene que aceptar que cada cosa tiene su tiempo y su lugar.

Y me iré contenta. Tal vez no pueda reconocerlos cuando vienen a verme, pero sé que influí en la vida de muchos, directa o indirectamente. Sé que muchas de las cosas que hice sirvieron de ejemplo, de inspiración. Sé que cada pequeña cosa que enseñé, cada vez que elegí el camino correcto, estaba dejando algo. Algo para los demás, para las generaciones futuras. Mi legado.

Creo que cada cosa que uno hace en este mundo se conecta con todas las demás cosas, de maneras que son insondables, misteriosas. Mucho tiempo luché para que mi realidad no se vuelva pesadilla, para que mi ser no se desmorone. Sé que dejo un legado vivo que ya se está preocupando para, de otra manera, construir una realidad mejor para muchos. Me gustaría poder decirle algo a cada uno de los que quedan, pero ya siento que las fuerzas me dejan, así que voy a ser breve.

No dejen nunca de pelear, por imposible que sea lo que encaren. Hay peleas que van a ganar, pero van a ser más las que van a perder. Y va a haber batallas que van a tener perdidas incluso antes de empezarlas, pero no por eso tenemos que bajar los brazos. Porque si somos ejemplo, si hacemos las cosas bien, van a existir siempre otros que continúen nuestra senda. 

Y a todas esas caras hermosas que venían a verme, quiero decirles algo: A veces las reconocía, a veces no, pero siempre me llenaban el alma, porque podía ver en sus ojos el cariño que me tenían. A todos ellos:

Gracias por estar al lado mío, incluso cuando era yo la que no estaba.


domingo, 8 de mayo de 2016

RAM

Todo empezó con una charla con @unsudaca y @aka_Mister sobre la memoria, la moda de registrar todo, y mi pasión por la Ciencia Ficción. Eso nos llevó a pensar en un mundo donde poralgún motivo, esos datos empiecen a cambiar. Así nació RAM



 RAM.-

No podemos decir exactamente cuando empezó el problema. No podemos decir exactamente nada. La exactitud descansa en los datos, duros, fríos, que hoy no tenemos. O peor, tenemos, pero en los que no confiamos. Por eso estas líneas, por eso esta forma tan primitiva de almacenarla, en papel, para que no sufra modificaciones por La Red.   

Creemos que el problema nace hace varias generaciones (ya no queda nadie vivo que recuerde otra cosa) cuando empezamos a almacenar digitalmente todo. Existen registros informáticos de que esto empezó luego de la segunda guerra mundial (1936-1989). Esto se puede demostrar fuera de La Red porque la cantidad y calidad de libros técnicos y manuales luego de esa fecha empieza a decaer. Se imprimían más libros, pero eran libros-novelas, una forma que tenía la gente de registrar su vida antes del avance del fotovideo envolvente.


Hay varios desacuerdos incluso entre los arqueólogos, pero todos coinciden que se dio casi simultáneamente un aumento en la memoria digital, y un aumento en la inteligencia artificial. Así, no solamente se le dieron más datos a La Red sino también la inteligencia para procesar esos datos. El problema es que se le dio algo más, espíritu de competencia. Los registros analógico-estancos tales como microfilmes o cintas de datos muestran que por esa época, luego de la segunda guerra, comenzamos a competir contra La Red en juegos de mesa tales como Ajedréz, Go e incluso un juego llamado Jeopardy, de preguntas y respuestas. Se destaca en este período un grupo de jugadores de Go que fundan Go-Ogle, cuya finalidad era "humanizar" a La Red, y le enseñan incluso formas rudimentarias de arte y humor.

Aquí las opiniones se dividen. hay quienes creen que Go-Ogle fue fundado con el secreto fin de la desmemoria, y otros quienes creen que fue una consecuencia indeseada de un fin noble. Vamos a centrarnos simplemente en los datos, y que cada quien saque su conclusión. Luego de la gran victoria de Go-Ogle consiguiendo que su fundación derrote al campeón de Go al mejor de cinco partidas (Nota, el hecho en cuestión se corroboró con placa de metal encontrada, poco probable que sea alteración de La Red). La cantidad de agendas en papel encontradas con posterioridad a ese año es prácticamente nula, mientras que aumenta la cantidad de agendas digitales en La Red (aunque como todo lo que ocurre en La Red, no sabemos si es real o parte de la desmemoria). 

Una vez que La Red tuvo una cantidad suficiente de datos, y la gente se acostumbró a recurrir a ella en lugar de recordarlos, o tener anotaciones personales, La Red empezó a divertirse. Modificaba algunos datos, falseaba otros, pero lo hacía manteniendo la coherencia interna. Muchos de estos errores fueron adjudicados a errores de carga, o errores humanos, porque La Red había ganado la reputación de ser confiable en extremo. Al principio estos errores eran inofensivos, o casi. Se conservan noticias de turistas rescatados a último momento perdidos por un mal mapa, o equívocos de fotos que llegaban a destinatarios que no le correspondían por un número mal en una agenda.

Esos "chistes" de La Red se mantuvieron inofensivos hasta que su humor evolucionó, hasta parecerle un gran chiste modificar las distancias entre planetas unos cuantos kilómetros. Esto (y lo aclaro para aquellos que sostienen que esa nave nunca existió) ocasionó la desaparición en el espacio de la nave Colona XIVX. Hay testimonios de familiares de las personas que viajaban en esa nave, y no considero prueba suficiente que, luego del escándalo, no se hayan encontrado restos en las misiones de exploración porque, claramente, se utilizó a La Red para realizar el cálculo de intercepción.



La gente confía más en La Red que en ellos mismos, al punto que los presidentes son elegidos a través de La Red. Las cuentas bancarias son manejadas por La Red. A nadie debería sorprenderle entonces que La Red sea todopoderosa. Por eso ahora persiguen a los arqueólogos, porque no quieren que esto se sepa. Porque la verdad, para ellos, no tiene que ver con la realidad. Pero los arqueólogos creemos que la verdad no puede ir reñida con la realidad. Por eso pedimos a la gente que despierte, que cuestione, que vigile. Que anote. No es casualidad los altos precios del papel. Quieren que solo anotemos en La Red, que solo leamos de La Red.

Por eso esta mínima resistencia. Por eso esta lucha. Porque nos están construyendo la realidad alrededor nuestro. sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, les pido: Si llega a sus manos este texto, cópielo, difúndalo, charlelo. No lo busque en La Red. Vívalo








miércoles, 27 de abril de 2016

Mancha

Empezó con una mancha, chiquita, en el brazo derecho, en el hueso que sobresale de la muñeca. Un centímetro de piel estaba un poquito más rosada. Casi no se notaba, ni dolía, ni picaba, ni nada, así que no le presté mucha atención. Nunca fui muy perseguida con esas cosas. Hasta me olvidé de ella.

Unas semanas después, mientras me bañaba, la volví a ver. Estaba un poco más oscura, un poco más visible. No estoy segura, pero creo que incluso estaba un poco más grande. Seguía sin doler, pero empezó a preocuparme. Dejé de usar pulseras, por si era algún tipo de alergia, pero eso no mejoró en nada. Día a día podía ver como esa mancha iba creciendo, iba haciéndose más oscura.

En un principio, me maquillaba el brazo, le ponía un poco de base, y con eso y manteniendo el brazo pegado al cuerpo, me sentía segura. Al ir empeorando, empecé a usar remeras de manga larga. No quería que nadie me vea esa mancha, así que también dejé de ir a piletas, dejé de jugar al volley. Además, no quería que un pelotazo, el cloro, o el sol empeoraran la situación.

Probé varias cosas intentando que se vaya: lavarme con agua y jabón, pasarme alcohol, no hacer nada, dentífrico, rasparla con las uñas, frotarla con aceite. A veces, parecía que algo funcionaba, que la mancha empezaba a desaparecer. Y yo volvía a soñar con las musculosas (me gustan mucho las musculosas). Pero la mancha siempre volvía, y parecía crecer más rápido después de esos períodos de atenuarse, de achicarse.

Algunas semanas, era solo del tamaño de una moneda, rosada, y otras, era una gran mancha oscura desde la palma de la mano hasta el codo. Esas semanas usaba guantes. No pegaba bien con mi forma de vestir, así que empecé a usar jeans, zapatillas, buzos grandes. Todo para que a nadie le llamen la atención los guantes.

Empecé a pensar en ir al médico, esa mancha era algo malo, me daba cuenta. Pero me daba miedo que el médico me cuestione:
¿Por qué no viniste antes?
¿Por qué lo escondiste?
¿Dónde estuviste metiendo el brazo?
Me aterraba verme en esa situación, examinada, cuestionada, expuesta. Mejor esconderse, y mientras tanto seguir intentando que la mancha se aclare, se achique, se vaya.

Llegó un momento en el que, aunque la mancha esté poco visible, me dejaba los guantes puestos. Me daba miedo que alguien pudiese notar algo. Sola, en mi casa, me sacaba los guantes y me pintaba las uñas. Me encantaba pintarme las uñas, me hacía uñas francesas, o me pintaba una uña de cada color. Siempre terminaba llorando, era lo peor de todo, las uñas, el color, los guantes.

Me volví rara, no salía, no reía, no disfrutaba nada. Mis amigas, mi familia, todos se fueron alejando. Esto, que en otro momento hubiese sido algo terrible para mí, fue un alivio. Es mucho más fácil esconderte si nadie te busca.

No quiero aburrir a nadie contando detalles, la historia siguió igual por siete meses que se sintieron muchos más. Tenía mucha práctica, ya sabía que hacer, que decir, como rechazar las invitaciones que, de todas formas, nadie me hacía.

Un día toda esta situación cambió, cambió mucho. No sé cuanto tiempo me estuvo siguiendo esa chica por la calle, ni me acuerdo cuales fueron sus palabras exactas. Si puedo decir que cuando se acercó, y me habló, mis ganas eran de irme corriendo, pero algo en sus ojos hizo que acepte el café. Invitaba ella.

Ya en el café, me empezó a hablar de la mancha, de como seguramente había empezado a crecer, de como desaparecía, o se esfumaba por momentos, para luego volver más fuerte. Me habló de las mangas largas y de los guantes. Me sentí desnuda frente a ella, más desnuda que si me hubiese sacado la ropa. No necesitaba hacerlo, claramente me conocía.

Me enojé, le grité que quién era para meterse en mi vida, que la mancha estaba bien, que yo podía controlarla, o esconderla. Que nadie tiene derecho a decirle a una persona como tiene que vivir su vida. Incluso la insulté, fui terriblemente agresiva, le dije las peores cosas que sabía decir. Incluso inventé algunas nuevas.

Ella seguía sentada, mirándome. Ni sonreía, ni se enojaba, ni nada. Me miraba, y no hacía nada más. Cuando me cansé de gritarle, me di vuelta para irme, pero me llamó. No levantó la voz, no estaba enojada, pero tampoco había compasión en la voz. Creo que fue eso lo que me hizo volver a mirarla.

Sentada en la mesa, había levantado su brazo para mostrarme una cicatriz enorme, como de quemadura, que iba desde la punta de su dedo meñique hasta el codo. No lo había notado antes. Me acerqué de nuevo, me senté (me dejé caer) en la silla y, agarrándola de las manos, lloré.

Por primera vez en casi un año, aunque la mancha seguía estando, no me sentía sola. 

domingo, 17 de abril de 2016

Dragones

No es que sean malos, tienen mala prensa...
Anónimo


Muchas veces me preguntan por lo que hago, por lo que soy. En algunas ocasiones me da fiaca contestar, porque sé que voy a tener que estar dando largas explicaciones acerca de lo que soy, y de lo que no. Pero también es cierto que cuando no me lo preguntan termino yo sacando el tema, así de contradictorio soy, así de contradictorios somos. Porque yo soy más que yo mismo, pertenezco a una estirpe de personas fuertes, recias, comprometidas. Hombres y mujeres que sabemos de peligros, de persecuciones, de malos tratos, de pasión por lo que hacemos. Tal vez por eso es que me estoy sentando a escribir esto, para que se acaben las mentiras y los malos entendidos.

Así que, sin más, me presento, mi nombre es Beranor Beor, y pertenezco a la Orden de Veterinarios de Dragones del Reino.

Muchos de ustedes ya estarán pensando en aldeas arrasadas, o recordando a un familiar que se vio perjudicado, o tal vez muerto, por un ataque de dragones. O vos mismo, lector, tuviste que salir corriendo de una aldea que comenzaba a prenderse fuego, y tuviste que esconderte en un campo cercano, rogando que al volver quede algo en pie, algo con lo que volver a construir. Si es así, pido un poco de paciencia, pido que se sienten a escuchar mi (nuestra) versión de los hechos.

La Orden de Veterinarios de Dragones nace en el año cuarenta y cinco de la era decimonónica cuando un sabio descubrió que la estabilidad del Reino, y la felicidad de la gente dependía de la existencia y el poder de los dragones. Y esto no es difícil de ver, siempre los dragones arrasan aldeas prósperas, siempre se acercan a comprobar la fortaleza y grosor de los más fuertes palacios. No se guarda registro alguno de rapiña de dragones sobre una choza, o sobre una vaca flaca. Hay entonces un hilo que une a todos los seres, que nos acerca y nos hermana.

Muchos no creen esto, muchos otros sabios han dicho que el reino estaría mejor sin dragones, que todos ellos deben ser exterminados, y que cuando la sangre del último dragón tiña la espada del último héroe, el Reino entrará en una etapa de prosperidad como nunca hubo. Es por esto que afirman que no importa cuantas lágrimas y cuantas penurias nos cueste, debemos perseguir a los dragones, acorrararlos, matarlos, quitarles sus tesoros, su piel, y sos huesos.

Claramente, todos los cuentos que leen los niños son escritos por estos últimos sabios, y por eso es que se dice que los héroes son aquellos que llegan en regios caballos blancos, poderosamente pertrechados, con brillantes espadas y largos escudos. Lo que no cuentan esas historias heroicas es que ese acero bien podría ser usado para arados, esos caballos para paseos, esos escuderos para… para quedarse en la casa en lugar de ir a morir persiguiendo dragones que de todas formas es poco probable que ataquen.

En contraposición a esas imágenes ideales de los cuentos, estamos nosotros, La Orden. Casi siempre sucios, cansados de caminar y caminar, vamos por los caminos de montaña buscando rastros de sangre, dragones lastimados. Cuanta más desolación, más trabajo. Los dragones no son seres fáciles, ni confían en nosotros. Por eso estamos obligados a ir en grupos. Por eso y porque la gente de las aldeas nos ataca, nos persigue. No entiende que lo que hacemos también los cuida a ellos, y que cuando terminamos de atender a los dragones, también bajamos a las aldeas, que somos parte de ellas, que también sufrimos, que en definitiva queremos lo mismo, la gloria del Reino, la paz de todos. Pero nosotros no necesitamos matar, ni la violencia para nuestra utopía.

En el año 13 de la Nueva Era, Beranor Beor, Veterinario de Dragones, Miembro de la Orden. 

martes, 12 de enero de 2016

Magnolia

No es fácil escuchar a la mina que te querés coger decir (repetir, más bien) que es lesbiana. Pero nos conocíamos hacía meses por chat, y realmente la quería, más allá de un (ahora im)posible encuentro sexual. Por eso creo no haber mentido, le dije que estaba todo bien, que ya sabía que a ella los tipos no le gustaban, y que nos podíamos divertir lo mismo. De todas maneras había un pedazo de mí que se resistía a la idea, que seguía queriendo estar con ella, y que seguía trabajando, a veces conscientemente, a veces no, en la idea de vencer su prejuicio.

Obviamente ese día no pasó nada, fuimos a caminar por los lagos de Palermo, a pelotudear por la orilla del río, y no mucho más. Unos cuantos kilómetros caminados y conversados, sintetizando tanto tiempo en el cual las ideas eran escritas, borradas, vueltas a escribir; tiempo en el cual algunos datos eran googleados para no reconocer ciertos baches en nuestra formación. Pero ahí estábamos, frente a frente, en un atardecer hermoso, y yo me iba a quedar con las ganas de un beso, y de muchas cosas más.

Al otro día nos dimos cuenta que esa salida no era el final de nada, sino el principio. Muy temprano ya estábamos hablando de lo que nos dolían los pies, de lo boludos que fuimos por caminar tanto, y así seguimos durante todo el día.  Estuvimos de acuerdo en que la próxima salida iba a ser mucho más sedentaria, y que iba a incluir cantidades industriales de comida.

Cada uno disfrutaba mucho del otro, y yo hacía todo lo posible para ir sembrando semillas de aceptación en su cabeza. Muchas noches, cerveza de por medio, yo sostenía la postura de que para el amor no hay etiquetas, y que negarse a estar con una persona porque no encaja en una categoría es ridículo. Blancos que no se juntaban con negras, o Montescos con Capuletos, la historia estaba llena de ejemplos a los que podía echar mano. Sumaba victorias en el terreno de las ideas, pero ahí quedaban, en la cabeza. Cabeza que encima estaba llena de cotidianeidad con la que alimentaba unas fantasías cada vez más definidas.

Yo me puse de novio con una chica, y así la relación que teníamos terminó siendo una «infidelidad casta». A veces me escondía en el baño para terminar una discusión sobre cualquier cosa, siempre más pendiente de ella que de mi novia. Por supuesto que esto hizo que mi relación se desgaste más rápido de lo habitual. La seguía viendo, seguía compartiendo cosas con ella, y me seguía maravillando de sus reacciones (a veces injustificadamente). Para muestra baste un botón: un día le ofrecí una manzana, y ella se puso a comerla sin limpiarla. Luego de mi reto me dijo: «Bueno, para algo tengo sistema inmunológico, no?». Y eso, que hubiese podido pasar como algo más en cualquier otra persona, en ella fue genial, y me dejó sonriendo un rato largo.

No quiero seguir extendiendo este relato, así que saltemos más o menos seis meses hacia adelante y vayamos a la noche que lo cambia todo. Esa noche estábamos en casa mirando una película, habíamos tomado un poco, y ella estaba particularmente cariñosa. Como tantas otras veces, le hice caricias en el pelo, atrás de las orejas, en el cuello. Como tantas otras veces intenté calentarla con ese contacto. La diferencia fue que ese día funcionó. Recuerdo el momento exacto de la película en el cual se dio vuelta y cuando ya estaba acercándome para darle un beso me dijo: «No fui del todo sincera con vos, pero sé que me vas a entender».

Para ese momento yo tenía una calentura como un caballo, le hubiese dicho cualquier cosa para seguir, pero ahora, pensándolo en frío, sé que no mentí cuando le dije que diga lo que diga la iba a entender. Lo que menos me imaginaba era lo que vendría a continuación. No importa cuanto tiempo pase, sigo escuchando esas palabras en mi cabeza:

«En realidad, quería decirte que si nunca quise que estuviésemos juntos era porque, si, me gustan las chicas, pero hay otra razón que nunca pude decirte, y es que en realidad, digamos, solamente soy mujer en mi cabeza, mi... bueno, mi «cuerpo» es de hombre, nací hombre».

Nunca se me bajó tan rápido una erección. Nunca había estado así de confundido. Kübler-Ross hubiese estado orgullosa, sin moverme y sin sacarle los ojos de encima pasé de no creerle, dado que la había visto en bikini, a estar enojado por la mentira, a negociar que las personas somos antes que nada eso, personas, a  deprimirme hasta sentir que los huesos se me hacían polvo, y finalmente entender que debía ser una carga muy grande para ella todo lo que pasó en ese tiempo. Pero seguía sin moverme, ahora la veía llorar, y seguía sin poder hacer nada.

Me encantaría terminar ahora una historia de aceptación y superación de los prejuicios diciendo que en ese momento la abracé y la llevé de la mano a la habitación, pero no es así. Y todos esos argumentos que yo había ido elaborando, y metiendo en las conversaciones, chocaban con una pared, las etiquetas me importaban (me importan, me siguen importando aún hoy). Ella entendió mi silencio, entendió lo que me estaba pasando por la cabeza. Agarró sus cosas y se fue. Me dejó completamente. Ya no volvimos a hablar por chat, ni salimos más a comer, ni tuvimos ningún tipo de contacto. Si bien la extrañaba como amiga, me parecía cruel llamarla. Había sido un hipócrita sin saberlo(¿sin saberlo?) todo el tiempo que estuve convenciéndola.

Para el epílogo saltemos de nuevo, esta vez un año entero. Ya estaba acostumbrado a vivir sin su (omni)presencia, a no necesitar esas discusiones para terminar de entenderme, cuando de casualidad me la crucé. Venía caminando por la vereda, mandando un mensaje cuando me la choqué. Ella se me había parado adelante y me miraba, sonriendo. De nuevo se me desmoronó todo, me temblaron las piernas, se me secó la garganta. De nuevo mirarla y no poder reaccionar.

Ella se acercó, y me dijo al oído: «lo peor de todo es que nunca vas a saber si fui sincera, o sólo estaba probándote para saber si eras consecuente. Por ahí si ese día hubieses decidido estar conmigo sin que te importen las etiquetas, hubieses estado con la chica que querías. O no, por ahí ésta es mi manera de vengarme de un tipo que una noche no me aceptó como lo que soy, viví con esa duda».

miércoles, 8 de julio de 2015

Esperar

Hay momentos en la vida donde no podes hacer otra cosa más que esperar, donde lo mejor y lo peor que podes hacer es mirar el techo, porque no hay otra cosa. Porque te rompieron todo, porque estás tirado en una camilla esperando la siguiente vez en que aparezca una voz fuera de cuadro a charlar.

A charlar no, en realidad a hablar. Charla sería si pudiese contestar, pero no puedo. Me falta la fuerza o las ganas para inflar el pecho un poquito más, para mover los labios, la lengua, todas partes de un cuerpo que en este momento está roto. Porque me rompieron todo. Y me rompieron con tanta mala leche que me acuerdo cada cosa que pasó, golpe por golpe. Diría que me acuerdo hasta el último detalle, pero no hay detalles en lo que me hicieron, sino salvajada. 

Incluso eso deja de ser importante después de un tiempo, al menos por un tiempo. Algo había leído de las fases del duelo, eso de la negación, angustia, la ira, la negociación, la aceptación. Por ahí me falta alguna, pero es lo mismo. Hasta donde sé, eso sirve para velar a otro. Seguro cambia cuando uno se está velando a uno mismo, o al menos yo lo vivo diferente. Yo sé que lo que va a salir de acá (si es que salgo, cuando salga) ya no voy a ser ese yo que tengo en los recuerdos, ese que caminaba, que tenía brazos, piernas, cara. Ese que era acción. 

En este momento soy algo quieto. Me tuvieron que poner esqueleto por afuera porque los huesos de adentro no sirven, están todos rotos. Estoy todo roto. Y en esta quietud impuesta trato de concentrarme en creer que esos pedacitos se van a volver a juntar. Esperar, crecer desde adentro, aguantar, soportar. Creer.

Ahora mi tiempo ya no es de días, de semanas, de horas, sino de escuchar a la enfermera cambiar la bolsa, a sentir el beso frío del calmante que me saca el dolor del cuerpo. Cuando se va el dolor no queda nada. No hay frío, ni calor, ni hambre, ningún deseo. Pero para eso me tengo que quedar bien quieto. No duro mucho, porque al mínimo movimiento de más al respirar viene una nueva puntada, un nuevo dolor, un nuevo movimiento que por pequeño que sea lleva a más dolor. Y nuevamente a esperar a la enfermera para repetir el ciclo. 

Cada cuatro enfermeras aparece La Voz. Debe ser un doctor con cara de sueño, pero como no lo veo por mí puede ser Dios. Debe ser una especie de Dios, porque lo único que hace es hablarme de El Tratamiento, de La Cura, del Más Allá (él lo llama El Alta, pero para mí es un mensaje en código). A veces me cuenta también cosas de la ronda, o me dice que se va a quedar un poco más conmigo porque el hijo está insoportable. 

No se da cuenta lo mucho que lo aborrezco, lo poco que me importa su vida miserable, sus dilemas de opereta que trata de hacer pasar por grandes problemas existenciales. Le está contando a uno que está roto por adentro lo poco que soporta a la mujer, o lo mucho que le gustaría viajar a París por las vacaciones. Pero por suerte se va, llevándose esos grandes problemas y dejándome a mí con los míos.

¿Qué seré cuando salga de acá? entiendo que no voy a estar para siempre encerrado en esta coraza, que en algún momento voy a volver a moverme, voy a salir, voy a volver a caminar, voy a ser uno más, con más o menos cicatrices, pero uno más. Voy a volver a fundirme en la sociedad, a tener los mismos problemas que Dios, y angustiarme por no saber si este es el mejor momento para comprar otro auto. Si es así, prefiero seguir acá. 

Por ahora, espero, hay momentos en la vida en los que no se puede hacer otra cosa.  

domingo, 8 de marzo de 2015

Despedida

Duele todo. Duele saber que ante ciertas cosas no hay nada que pueda hacerse. Duele ver que hay límites que sólo pueden cruzarse en un sentido. Que hay cosas que no tienen vuelta atrás. Que la vida es efímera, y que la supervivencia como especie importa una mierda cuando están sacando de la morgue a una persona que vos querías. O querés. Ese es el problema, seguir queriendo a una persona que no está más. 

Y ahí se mete la idea de que uno siempre está solo. Aunque tenga amigos, aunque tenga novia, aunque tenga perro, o gato, o una oveja. En los momentos verdaderamente difíciles uno está solo. Y la gente que se te acerca para levantarte el ánimo por lo general dice cosas horribles. Nadie acompaña a nadie en el sentimiento, nadie lo siente como uno, nadie entiende lo que pasa cuando estás arreglando con el de la funeraria el precio del cajón en el que vas a guardar lo que antes era un ser querido. Aunque también lo hayan vivido, aunque te digan que saben en carne propia que la vida sigue, y que uno a la larga vuelve a reírse, a disfrutar una película, incluso a recordar con una sonrisa en la cara esas cosas que dejan atrás los que se fueron. 

Otra idea, uno está velando un pedazo de nada. Tomando café, contando la parte graciosa de la vida de esa persona que está ahí, abajo de ese pedazo de madera, porque no se pudo arreglar el cuerpo, y es preferible velarlo a cajón cerrado, con una foto enmarcada sobre el cajón, para que la gente siempre recuerde esa sonrisa. La gente va pasando, va saludando, pero todo transcurre como en un sueño, o como si uno estuviera flotando en una sopa tibia. Hasta el quiebre. 

Porque todos en algún momento nos quebramos. Todos lloramos. Todos sentimos ese vértigo terrible de no saber como volver a respirar con ese dolor que nos agarra desde adentro, que nos va comiendo y carcomiendo, y reventando el pecho con un dolor que nos tira para abajo, y que no podemos dejar. Caída libre a un abismo de sufrimiento, de pena, de llanto. Hasta que viene alguien no tan cercano y uno se recompone un poco, se limpia la cara, los mocos, trata de mostrarse entero, fuerte, y atiende algún detalle de último momento, como la cantidad de autos que se necesitan de la cochería. 

El cansancio de una noche de llanto, y el sol que empieza a secar el rocío, y los pajaritos, los mosquitos, las viejas que van de madrugada al cementerio, toda la fauna que rodea un momento raro, del polvo venimos y al polvo vamos, aunque uno no sea creyente, aunque sea por las señoras mayores de la familia, uno deja que un cura, un rabino, un monje, digan esas pavadas del último adiós, mientras ese abismo metafórico es un abismo real, excavado en la tierra húmeda, 5 metros de profundidad, paredes parejas. Hay más vida en los insectos que van asomándose por la tierra de lo que uno siente que tiene. 

Los empleados tienen la orden de no acercar el camión de tierra hasta que no se haya ido el último familiar. Es un poco bruto el método que tienen para llenar el pozo, y lo esconden haciendo la mímica de tirar a paladas un metrito de tierra que dejaron ahí, teatral, parte de la puesta en escena. Uno no quiere joder, así que se hace el que se va, pega una vuelta, y se sienta atrás de la capilla, lejos de la mirada de quienes trabajan ahí. Y el sonido del camión acercándose marcha atrás, con un pitido que avisa que se está moviendo, que está tirando la tierra. Que está ahora si enterrando algo que solía ser alguien. 

Uno se queda ahí, pensando que si tuviese el vicio del tabaco, es un excelente momento para prender un pucho. Más teatralidad. Una calada larga, y quedarse mirando la brasa, con el humo adentro, pensando, recordando. Pero uno no fuma, o lo dejó, o se olvidó el encendedor en algún lado, y no fuma, solo piensa y recuerda, y extraña, y hace fuerza para seguir respirando, para encontrar algún sentido a levantarse, a salir de ahí, a seguir viviendo. 

Y en ese momento te das cuenta que de alguna manera hay que seguir. No sabés cómo, no sabés si te va a salir, ni si va a importar, pero sabes que tenés que levantarte, tenés que seguir, tenes que volver a sonreír. Como un guiño al que se fue, como un homenaje, como una forma de hacer que valga la pena. Levantás la vista y ves que así como vos te quedaste despidiéndote, otros se quedaron esperándote. Que no estás tan solo. 

Sin darte cuenta, sonreís sinceramente, por primera vez desde que se fue. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Leña

Cuando estás arriba, todos te quieren bajar, es así. Pero vos los miras desde arriba, y no te importa. Porque el que está arriba, ya ganó. Tiene a la piba, la guita, los amigos. Tiene todo eso que quieren los otros, los que están abajo. Los giles. Los que entrenaron menos, los que salían a bailar, los que no tenían una pegada de burro, un hachazo. Es fácil estar arriba, todos te quieren, elegís la pelea, el lugar, las condiciones.

Y vos, aunque estés arriba, seguís entrenando, no sos tan tonto como todos esos que estuvieron arriba antes que vos. Porque si el Torito hubiese seguido entrenando, nunca le hubieses ganado. Pero se achanchó, le empezó a gustar el escabio, las minas, la noche. Vos no, vos a la noche dormís, no te descuidás nunca, comes sano, y a las cinco de la mañana arriba, vuelta a empezar. 

Sos invencible, sos el rey del mundo, el campeón. Pero entonces te empieza a pasar a vos también. Un resfrío que dura un par de días. Un dolor en el dedo gordo al ponerte los guantes. Y las rodillas, antes de que llueva. Y todo el cuerpo después de entrenar. Se están volviendo mejores los sparrings, hay que tener cuidado. Cada día están un poquito más rápidos. Cada día se filtran más golpes. 

Desgaste. Desgaste en los huesos, en los músculos. Las ganas siguen igual. ¿Las ganas siguen igual? No sé si las mismas ganas, pero las cosas están así, y no hay nada que podamos cambiar. Todo te va empujando, te va comiendo por adentro. Ya ni te acordás qué gusto tiene la cerveza. No podes distraerte. Ser el mejor, pegar más, pegar más fuerte, que te peguen menos. Que la fiesta sea para vos, pero la cuenta sea para el otro. 

Pero nadie dura para siempre, y nadie te avisa de dónde va a salir la piña que te mande a la lona, que te saque la corona, la piba, los amigos, el esponsor, la piba, los autos, la corona, los amigos, la salud, la piba, todo. No es perder, es saber que a partir de ese momento sos el ex, eso es lo que te destruye. Algunos, por respeto, te van a seguir diciendo campeón, pero la corona la tiene otro. Uno nunca sabe de donde viene la piña, y eso es lo terrible. Y la cuenta. 

Uno Es raro, aunque no sea la primera vez que estás Dos en la lona, es novedoso eso de mirar para arriba. No se ve Tres al público, no se ve al árbitro, no se ve al rival, no se ve Cuatro nada más que unas luces arriba. Cinco Y escucha todo desde lejos, como apagado, como si tuviese las orejas abajo Seis del agua. Todo apagado, todo como Siete en un sueño. Pero si te mandan a la lona no te están durmiendo, Ocho te están despertando. A partir de ese momento Nueve solo queda despertar.

Diez.




Casandra y Apolo

Apolo quería poseer a Casandra.
Casandra quería saber.
Apolo ofreció clarividencia a cambio de sexo.
Casandra aceptó.
Apolo otorgó el poder.
Casandra empezó a ver el futuro.
Apolo quiso cobrar la deuda.
Casandra se negó. (¿acaso no vio lo que pasaría?)
Apolo escupió a Casandra en la boca.
Casandra no perdió su poder, pero ya nadie le creyó.
Apolo se fue a buscar otras historias.


Casandra vivió siempre atormentada, podía ver el futuro, podía ver venir las catástrofes, pero no podía transmitir lo que veía. Era al pedo, nadie le creía.


viernes, 20 de febrero de 2015

Papel

Papel



Quiero un cuento que sea todos los cuentos lindos que vos sabes contar, tío.

Un pedido concreto de Matu, cinco años, los ojos hinchados de llorar a la mamá, quien sigue en esa habitación terrible, por blanca y por limpia, atada a unas máquinas que respiran por ella, que comen por ella, que viven por ella. Pero ahora Matu no está llorando, y me está pidiendo algo que sí puedo darle. Un cuento. Todos los cuentos lindos en uno solo.

Pienso, mientras lo veo mirarme enojado, como cumplir. Uno puede juntar dos, tres cuentos, puede incluso poner personajes de un cuento de visita en otro, para divertirse de lo desubicado que puede quedar Blancanieves charlando con Chinaski. Pero ese no es el pedido. Todos lo cuentos lindos que vos sabes contar. Puedo explicarle a Matu que yo en realidad no soy un gran inventor de cuentos, sino que agarro ladrillitos de fantasía de diferentes autores, y con eso voy armando una modesta casa de fantasía. Pero bastante inocencia perdió esta semana, no puedo decir eso. 

No me queda mucho tiempo, tengo que empezar a contar, así que abro la bolsa de retazos de historias que tengo en la cabeza. Algo malo pasa. los personajes que tengo ahí tienen, como Matu, los ojos hinchados de tanto llorar. No puede ser bueno. Todos los personajes me están mirando, me están pidiendo también consuelo. Me los imagino a todos ellos armando una ronda alrededor mío, pidiendo que les explique que es lo que puede hacer un cuento cuando un nene está llorando a su mamá. Yo tampoco tengo una respuesta, pero empiezo:

Los japoneses creen que si uno hace muchos pajaritos de papel, y los cuelga juntos, eso hace que uno de esos pajaritos cumpla un deseo. Hubo muchos chicos que hicieron esas tiritas de grullas de papel para pedir cosas. Y una vez, uno armó esas mil grullas con el deseo de que una de ellas se convierta en un pajarito de verdad. Por esas cosas que pasan en los cuentos, una de las grullas, una roja como la sangre, se soltó un día y se fue volando por la ventana. Empujado por un viento muy fuerte, pasó por el balcón donde un joven enamorado pedía entre llantos una rosa roja para su amada. 

Yo soy rojo, pero soy un pájaro, pensó el pajarito de papel. Pero en seguida se acordó que no era en realidad más que una hoja de papel, y que aunque sea pajarito, la vida de un pajarito vale menos que el amor de un joven, así que empezó a doblarse y desdoblarse en el aire, hasta que, entrando por la ventana, cayó en la cama del joven enamorado. El pajarito ya no estaba, pero en su lugar había una rosa roja. De papel, pero rosa, y roja, tal como quería el joven enamorado. Y va corriendo el joven enamorado a darle la rosa roja a la chica de sus sueños. Y el que antes era pajarito, y ahora es rosa, con la ayuda de un alfiler se convierte en un prendedor que parece un rubí. 

Como cambiando el final de un cuento para que termine bien, van los jóvenes a bailar. Y bailan una canción tras otra, y se chocan, y se pisan un poco, porque son un poco torpes, como son todos los jóvenes, y en uno de esos choques, se desprende el adorno que antes era flor que antes era pajarito. Y se cae al piso, y lo patean contra una mesa donde un señor que había tomado unas copas de más de vino corta a la mitad el papel, se guarda una mitad en el bolsillo y la otra mitad la corta cada vez en más partes. Y el que antes era adorno, rosa y pajarito, pasó a ser muchos pedacitos de papel que fueron tirados al aire nuevamente, para festejar el beso de los enamorados, y parte se cayó al piso, donde fue barrido, y parte salió por la ventana, donde un pajarito de verdad lo tomó con el pico y lo llevó para adornar su nido con un poco de rojo, que siempre queda bien. Y la mitad que quedaba después fue lista de supermercado un día en que el señor fue a comprar unos papeles rojos para su hijo, que quería hacer mil grullas de papel. 

Mil grullas de las cuales tal vez alguna salga volando, y se convierta en otra cosa.

martes, 9 de diciembre de 2014

Faite S. A.

Hay marcas que venden jeans, o zapatillas, gastados artificialmente. Hay empresas enteras dedicadas a que objetos nuevos parezcan viejos. La idea atrás del negocio de los hermanos Petraca era el mismo, sólo cambiaba el objeto a gastar: ellos gastaban personas.

Luis, el menor, defendía su trabajo diciendo que si se pueden hacer operaciones para agrandar el busto, para remover grasa, manchas en la piel, o pelos, ellos bien podían hacer operaciones para que la gente se viera más fiera, más rústica. Marcos, más escueto, decía: son cirugías antiestéticas, punto. 

Sus primeros clientes fueron ladrones novatos, que querían parecer más rudos, más expertos. Y así, en la seguridad del quirófano, ganaban marcas de puñaladas, cicatrices de tiros, incluso balas alojadas en alguna parte del cuerpo. Los aspirantes a delincuente entraban con apodos como "Babyface", o "el ángel" y salían siendo "caracortada", "el colador" o "vivo por milagro". 

Las operaciones en un principio eran básicas, lo que hacían los hermanos era dormir al paciente, pegarle un par de puñaladas, o tiros, y después curar las heridas producidas. Bastante bien lo hacían, siendo como eran dos tipos que no habían estudiado ni una materia de medicina. Contaban con la ventaja de que, cuanto más burda fuese la sutura, y la cicatriz posterior, más satisfechos quedaban los clientes. 

Ese éxito inicial les permitió abrir nuevas lineas de negocios, y pudieron contratar a algunos cirujanos caídos en desgracia para el trabajo sucio. Fue allí cuando empezaron a romper nudillos de quienes querían mentir un pasado de boxeadores, lastimaron canillas de defensores de fútbol, y amputaron dedos de quienes querían hacerse pasar por escapados de la mafia japonesa. 

Si bien la gran mayoría de los clientes eran hombres, tenían algunos servicios para damas, pero por más que los ofrecían a viva voz por la calle, nunca una mujer aceptó lo que ellos científicamente llamaban "laceración anal definitiva", para aquellas que se habían cansado de ser puritanas. 

El problema surgió cuando ya no se encontraba por la calle a ningún guapo, de verdad o de mentira, que no tuviese al menos 7 cicatrices diferentes. Se llegó a una saturación, y la gente empezó a dudar de las cicatrices. Ya no eran garantía de nada. Fue allí cuando los hermanos decidieron llevar las cosas un paso más lejos. Dado que las cicatrices por si solas no valían de mucho, se empezó a ofrecer algo más allá del quirófano. 

Así, a quien estuviese dispuesto a pagar por ello, la organización le mandaba a algún matón para que, a la vista de todo el mundo, le pegue la puñalada. Claro que había una ambulancia relativamente cerca, y que los matones estaban entrenados para que sus puñaladas casi nunca sean mortales (de todas maneras, el pago se hacía siempre por adelantado).  

Muchas veces, para ahorrar costos, los empleados administrativos juntaban personas con requerimientos de peleas, y los citaban en algún lugar lo suficientemente oscuro. Allí, la ganancia era doble y el riesgo nulo. Lamentablemente, esa forma de ahorrar costos fue lo que terminó con la empresa, en esa semana fatídica en la que tanto Luis como Marcos, creyeron divertido contratar sus propios servicios, ya que les resultaba raro no tener más cicatriz que el ombligo, con semejante negocio. 

La conclusión es obvia, un empleado distraído o rencoroso que ve llegar ambos papeles, un callejón oscuro, dos manos inexpertas empuñando cuchillos afilados, un grito, una muerte inmediata, una sirena, el horror del fraticidio, la depresión, una soga, una segunda muerte, el fin. 

miércoles, 30 de julio de 2014

Un adiós

Ayer murió Fulgencio. No es algo raro, si se tiene en cuenta que ya tenía noventa y cinco años. Pero ese hombre era el último de un grupo de amigos entre los que estaba mi abuelo. Era el más grande de ese grupo, por varios años, pero uno a uno fue sobreviviendo a sus amigos. El agarraba la bicicleta y a la tarde se iba a visitar a alguno. Y con cada vez que se ponía su traje de gala, ese que reservaba para las ocasiones importantes, e iba a ver como uno de sus amigos volvía a la tierra, menos opciones tenía.

Al final, iba a visitar al geriátrico al único amigo que le quedaba vivo, y le contaba una y otra vez las mismas historias. El amigo, José, ya no lo reconocía, o lo confundía con gente de un pasado más lejano, pero más brillante. A Fulgencio no le importaba, y seguía saliendo todas las tardes, con la bici, andando despacio. Seguía entrando mal escondida la botella de aguardiente que él mismo destilaba, para convidarle una copita al amigo. Seguía charlando solo, con ese amigo que no lo escuchaba. 

Nunca fue al cementerio, calculo que porque prefería recordar a los amigos vivos, en las cosas cotidianas. Por eso cuando el último amigo se fue, dejó de andar en bicicleta. Ya no tenía nada por lo que salir, ya no tenía excusa para soportar el dolor en las rodillas, en la cintura. Pero siguió saliendo a la puerta, a piropear a las viejas, a charlar con los pibes, a mirar pasar el día. 

Cuando ya no pudo ni salir a la puerta, una hija se lo llevó a vivir con ella. Así vivió varios años más, siendo el último testigo de quien sabe cuantos recuerdos compartidos con tipos que ya no estaban. Se la pasaba contando historias, anécdotas, chistes. A veces se ponía pesado, pero nunca perdió la cabeza, nunca estuvo gagá. Estaba orgulloso de todavía darse cuenta cuando debía ir al baño.

Al final, una infección chiquita lo fue apagando de a poco. Ya no tenía fuerza para seguir. Una de las últimas cosas que pidió fue volver por un día a su casa, a la casa donde había vivido tantos años de alegrías y tristezas. Pero no se pudo, la casa estaba alquilada, el viejo muy inestable, la hija muy ocupada. Una de las últimas cosas que hizo fue llamar a mi abuela, y decirle que la consideraba una amiga, por lo bien que siempre había cuidado a mi abuelo. 

Murió en la casa, tranquilo. Y cuando me enteré de su muerte me puse a pensar en la cantidad de recuerdos, en la cantidad de charlas, en la cantidad de cosas que se habían apagado junto con él. Fue el fin de un grupo de amigos, fue el fin de una era, chiquita, que no va a salir en ningún libro de historia. 

Ayer mi abuelo se alejó un poco más. 

lunes, 12 de mayo de 2014

Aguantar

Despertador. 5:00 AM. Suena bajito, para no joder a los vecinos, y porque yo me despierto lo mismo. Todos los días a la misma hora. Uno se termina acostumbrando, aunque haya dormido poco, a levantarse. Saco un pie de la cama, lo apoyo en el piso frío. Ya con eso me aseguro no volver a dormirme. Así, espero unos segundos, hasta que junto fuerzas. Mi vida se volvió eso, juntar fuerzas, dar el siguiente paso. Y lo doy, ya estoy sentado en la cama. Dos plazas, al pedo.

Me levanto, y voy, descalzo, a la cocina. Como siempre, Ruffo me sigue, sabiendo que llegó la hora de comer. Le pongo comida en el plato así deja de mirarme con cara de pobrecito y pongo la pava. Después, tranquilo, agarro el tacho del agua, y lo limpio, bien. Se le forma una película de grasa en los bordes, debe ser por la baba que le cae cuando Ruffo toma, usando la lengua como cuchara.

Mientras se calienta el agua, agarro la taza, el saquito de té, y el edulcorante. La panza no me ayuda a soportar el dolor en las rodillas, y me dijo el médico que tengo que bajar por lo menos 10 kilos. Por eso, Chucker. Lo había comprado ella, antes de... bueno, es muy temprano para empezar con eso, y ya está hirviendo el agua. lleno la taza hasta los tres cuartos, y le tiro dos chorritos de Chucker. Revuelvo un poco, y lo dejo en la mesada.

Hoy voy a usar el traje gris oscuro, la corbata finita, negra. La camisa blanca. Nunca aprendí a combinar bien, por eso trato de que todos mis trajes se lleven bien con todas mis camisas, y todos mis zapatos. Eso, que me ahorra mucho tiempo a la hora de vestirme, lo pago con una sensación que tengo a veces de que siempre estoy vestido igual, que nunca desentono. El precio por no equivocarme es ese, nunca resaltar. Por suerte los zapatos están bien brillosos. Ese enano es un genio lustrando. Siempre tiene gente esperando, mientras los otros lustradores están al pedo. Siempre me pregunto si los demás lo esperan porque es el que mejor lustra, o porque les divierte verlo caminar tambaleándose.

Medias grises, el pantalón ya puesto, me pongo la corbata en el cuello, suelta, y ahora si agarro el bastón muleta. Ya caminé mucho sin la tercer pata, si sigo boludeando, me va a doler la espalda toda la tarde. Además, desde que pasó aquello, el vecino ya no me putea. Debe tenerme lástima, o se debe dar cuenta que no lo hago por molestarlo. Tuvo la desgracia de mudarse abajo de un rengo, que se le va a hacer. Así que vuelvo a la cocina, donde Ruffo ya terminó la comida, y me mira, como pidiéndome más. Pero él está tan gordo como yo, ahora que no sale a correr nunca, así que le hago un mimo y voy a tomar el té, ya tibio, como a mí me gusta. Por ahí tendría que contratar a alguien para que lo saque a pasear. Nos podría sacar a los dos.

Voy al baño, recién ahora me acuerdo de mear. Desde el accidente que no siento ganas. Por eso tengo una alarma, cada 3 horas, que desactivo si ya fui a mear antes. Entre la de las 5, la del meo, las pastillas, todo el día es eso, una sucesión de alarmas, inflexibles. 5:00 Arriba. 5:30 Ya measte? 5:45, pastillero, casilla 1. 6:00 No cuelgues, andá a laburar. 8:30, Pastillero, casilla 2. 9:00, mear. 11:45, Pastillero, casilla 3. 12:00 mear (Antes de bajar a almorzar)  y así, todo el día igual.

 La corbata es fina, así que el nudo Windsor queda descartado. Demasiado formal para una corbata tan moderna, casi juvenil. Voy a hacer un nudo simple, y listo. Aunque creo que nadie presta atención ya a los nudos de corbata. A ella le gustaban mucho, al punto que se levantaba a la mañana para hacerme el nudo, antes de que me fuera. Era uno de nuestros momentos mágicos, ella elegía el traje, la camisa, la corbata, y ponía todo arriba de la cama, de mi lado. Así, cuando salía del baño, ella me preguntaba que me parecía la combinación. Si yo no le decía nada, ella agarraba la corbata, se la ponía, hacía el nudo, y después la aflojaba y me la ponía a mí. Era particularmente hermosa cuando hacía eso. La alarma de las 5:45, el pastillero, casilla 1. Todavía ni terminé el té, y ya tengo que empezar a tomar pastillas.

Yo siempre estaba de acuerdo con la ropa que me elegía. Ella sí sabía de combinar.  Por eso tenía camisas de diferentes colores, corbatas que podían usarse con algunas, y con otras no. Pero ese color, esa variedad, se fue con ella. Me acuerdo que estaban chochos los chicos de soporte de informática de la empresa, les regalé como 40 corbatas, 20 camisas, 4 trajes. Ese mes me compré los que uso ahora. Grises, como yo. Si hasta tenía una muleta con empuñadura marrón, para cuando usaba zapatos marrones, y una muleta negra, para los negros. Incluso en algún momento ella había pensado en varias muletas, algunas plateadas, otras doradas, con diferentes accesorios.

Obviamente nunca lo hicimos, a mí me molesta un poco esta condición que tengo, desde mi accidente con el ascensor. Desde ese día, el caminar para mí se convirtió en un bamboleo continuo. El dolor en la espalda, una presencia constante. Pero ella siempre estuvo ahí, incluso cuando yo estaba mucho más inútil que ahora, incluso cuando me enojé conmigo mismo, con el destino, y hasta con ella. Pero me bancó, incluso cuando yo le dije de separarnos. No podía soportar el pensar que ella estaba conmigo por lástima.

Y se fue. Y estuvo saliendo con otro tipo. Alto, atlético, rubio, simpático. Todo lo que yo no era. Por ahí ella se buscó al tipo más distinto a mí que pudo encontrar, como ya sabiendo lo que iba a hacer, lo que iba a pasar. Como si supiera que si la tenía al lado, nunca hubiese aprendido a caminar de nuevo, y me hubiese apoyado de más, me hubiese dejado estar. Ella tenía mucho de eso, de planear las cosas. Seguro que al momento de dejarnos, ya sabía ella que al año íbamos a estar volviendo. Por eso la extraño, también. Tanto y tan bien planeaba, que sé lo que estaría haciendo ahora si... bueno, si no hubiese pasado... Me pidieron que trate de no pensar en eso, como si fuese posible.

La alarma. Son las 6:00, tengo que salir a trabajar. Tengo que salir a ver la mirada de lástima de los que me ven renguear por la calle. A ver la mirada de lástima de las recepcionistas de la empresa. La lástima de mis socios, y la condescendencia de mis clientes. Como si me estuvieran haciendo un favor, como si por ser rengo fuese menos arquitecto. Como si por ser viudo, a los 27 años, estuviese un poco menos vivo. Tal vez sea así, tal vez esté un poco menos vivo. Pero siempre fui de aguantar. Aguantar, esa es la palabra. Tengo que salir, a aguantar. A esperar que sean las 8:30, para volver a tomar las pastillas. A seguir con esto, aunque cada vez le encuentre menos sentido.

sábado, 5 de abril de 2014

Sueño prestado

Un pedido raro, ya que Marianela solo me describió una sensación, pero con eso construí esto, que bien podría ser una pesadilla. No supe como llamarlo, así que, dado que fue un sueño que ella me prestó para hacerlo cuento, empieza esta historia llamada:



Sueño prestado



Te percibo desde lejos. Incluso antes de verte sé que estás ahí. Algo, en esta penumbra espesa, me guía en la dirección correcta, y hacia ahí voy, caminando, flotando, arrastrándome.

Lo que me rodea cambia. 

A veces parece agua, y debo avanzar lentamente, como buceando. Otras veces mis piernas parecen estar hundidas en una sustancia barrosa, pero mis manos están libres, y voy avanzando como una bestia primitiva, reptando. No pocas veces siento que no hay piso, y que lo único que hago es caer, en una oscuridad 

fría, 

húmeda 

y absoluta. 

Puedo saber cuando me aparto de ese camino que trazaste para mí. Cuando eso ocurre, me choco con paredes de algo casi imposible de describir. Una especie de goma, con una textura similar a un labio con manteca de cacao. Es tibio, y eso contrasta con el aire frío que empiezo a sentir. Tomo entonces pedazos de esa goma, y trato de taparme, pero en ese momento me doy cuenta que eso, sea lo que sea, trata de detenerme, de cubrirme. Me hundo en esa nueva oscuridad, que por como se siente en la piel, puedo decir que es rosada. Debo escapar, aunque para eso tenga que rasgar esta goma, lastimarla. Avanzo de manera violenta, tomando grandes puñados de esa materia y retorciéndola, hasta que la siento deshacerse entre mis manos. Esta materia empieza a retroceder, me expulsa.

Ahora floto en un líquido. Estoy completamente sumergido, pero puedo seguir respirando. Te veo, pero cuando intento acercarme a vos me choco contra algo. No lo veo, pero es liso. Vos no flotás, debe ser una pecera. Me alejo, buscando una salida a este lugar. Así, nadando, encuentro una botella. Está iluminada desde dentro, con un verde violeta muy poco sano. Medio hundida en el barro, parte de ese color se escapa en hebras. Sé que si me acerco a tocar esa botella el líquido se va a escapar aún más, contaminándolo todo, así que vuelvo a donde estás, mirándome.

Apoyo mi mano en el vidrio, y me doy cuenta que no es tal, ya que cede un poco ante mi presión. Empujo un poco más, y siento que mi mano pasa por ese no vidrio. Pero vos ya no estás ahí. No estás en ningún lado. Sé que si hubieras estado para ayudarme, para guiarme en ese paso, hubiese podido salir. Pero no estás, y no puedo entrar en tu mundo, ni volver al mío. Quedo atrapado por esa membrana.

Ya vuelve la goma que había derrotado, con más fuerza. En los lugares en los que yo la había lastimado, ahora hay cayos, durezas. Me golpean, me cortan, me sacan poco a poco la vida. Mientras la parte blanda, esa sensación que parece como si un labio me estuviera apretando me rodea, me abraza. Mi último pensamiento es que tal vez mi mano no sea absorbida, que tal vez mi mano quede del otro lado, como recuerdo de algo que ya no es. Siento un roce en la yema de los dedos, pero ya no puedo ver, ni diferenciar lo real de lo otro.

Exhalo.


viernes, 4 de abril de 2014

Pagliacci

Lo estoy mirando hace 20 minutos. Sentado en el cordón de la vereda, viéndose las manos, las uñas. Y llora. La imagen completa de la derrota. Si no fuera real, sería el lugar común más grande de la historia. Pero está ahí, sentado. Lo veo, veo como el frío hace salir humo de su boca. Lugar común, pero suelto, real: La Derrota.

Me gustaría cruzar, y decirle algo, algo que lo anime: La vida es así el tiempo lo cura todo ella no te merecía vas a ver que en unos años vas a recordar este día como un nuevo comienzo vos tranquilo lo importante es seguir peleándola quelevasasernosomosnadaderrochabasalud. No me decido. Esas frases son también una mierda. El tiempo no cura nada. El tiempo lo único que hace es distraernos, alejarnos. Pero el recuerdo está ahí, mirándonos desde adentro. Desde adentro o desde abajo, desde ese abismo al cual todos estamos yendo. A esa nada sin nombre, ineludible.

Pienso en las veces en que yo estuve así, desesperado. En el fondo. Estuve mucho tiempo sin reír. Al principio porque no tenía ganas. Y después, porque sentía que reírme era una traición. Que no podía estar bien. ¿Cómo volver a reír, sin sentir que estaba burlándome de quienes habían tenido menos suerte que yo, aquellos que no habían sobrevivido?

Para peor, yo vivo de hacer reír a la gente. En esa época de dolor, hacerlos reír me hacía más desdichado. Cada rutina, repetida exactamente igual en cada función, seguía haciendo reír a todos. Las carcajadas estallaban entre el público. Pero con cada carcajada moría más y más. Peor era cuando fuera del escenario, sin el maquillaje, sin las luces, me quejaba de mi dolor. La gente, que no sabía que yo era Pagliacci, me recomendaba verme a mí para curar la tristeza. La angustia me invadía a cada momento.

Podría invitarlo a una función, y hacerlo reír. Pero tal vez, solo tal vez, va  a ser este hombre triste uno de esos pocos que, luego de ver mi obra, y sin reírse ni un solo momento, se suicidan. Pocos saben esto. Las cartas que dejan estos suicidas son llevadas con profundo respeto por la policía a mi camerino. Ahí leo mi fracaso. No todos se ríen. Y los que viéndome no se ríen, me culpan por no haberlos salvado.

Pero en este momento no soy Pagliacci, soy solo un hombre más, sentado en un bar, mirando por la ventana. Hasta podría decirse que soy un hombre respetable. Un poco borracho, un poco triste, pero respetable. Y ahí entiendo qué es lo que tengo que hacer, mi justificación.

Salgo del Bar, fingiéndome más borracho de lo que estoy, y a los tropezones voy a sentarme a su lado. Como suponía, está tan deprimido que ni siquiera atina a echarme. Y yo le hablo, confundiéndolo con alguien de mi pasado. Aprovecho la ocasión y la actuación para decirle a él lo que hubiera querido decirle a otro. Le digo que lo quiero, y que lo perdono.  Mierda, tal vez estoy un poco más borracho de lo que creía. Por suerte me doy cuenta a tiempo y vuelvo al plan original: Que se ría.

Para lograrlo apelo a lo más básico y lo más efectivo que puedo hacer. Intento pararme, caminar. Finjo un resbalón, para caer sentado de culo. Duele un poco, pero reprimo el gesto de dolor. En lugar de eso, pongo cara de tristeza, un tanto infantil. Llego a notar un cambio en su respiración. Está sonriendo. Y viene a ayudarme. Es mucho mejor de lo que yo creía. No solo volvió a sonreír, sino que volvió a sentirse útil, viendo a uno en peor estado que él.

Es momento del golpe de gracia, de lo que me salvó en su momento. Es tiempo de mostrar que la felicidad existe. Me suelto de su mano, vuelvo a caer, vuelvo a golpearme, pero en lugar de tristeza, empiezo a reír. Reímos juntos, hasta el llanto, y de nuevo a la risa. Y ahí se vuelve a producir el milagro, ahí vuelvo a salvarme. De la única manera que sé hacerlo, salvando a otro. Haciendo reír (y llorar).

Siendo Pagliacci, una vez más.


miércoles, 5 de marzo de 2014

Desde afuera

Este cuento lo subí a mi otro blog, hace años. Estaba escrito mucho más trabado, con oraciones cortas, de dos palabras, y era muy difícil de leer de corrido. No sé si lo mejoré mucho, pero me di el gusto de cambiar algunas cosas, sin cambiar el (no) sentido del cuento.

Quedó así:

Desde afuera


Se están riendo, y hablan, entre ellos. Entiendo todas las palabras que dicen, pero el significado total se me escapa. Eso, más la música, más el humo, más los gritos de otros grupos que se mezclan con el grupo de gente que vino conmigo. Podría decir "mi grupo" pero no es así, todos lo sabemos. No los entiendo. Tampoco estoy seguro de querer entenderlos. Pero parecen felices, parecen tener algo que yo nunca voy a tener.

Decido salir, tomar aire. Respirar, en más de un sentido. Necesito estar conmigo mismo. No saludo. Nunca saludo. Trato de buscar la puerta, pero las luces, la gente, empiezan a molestarme. No sé para donde caminar. Me siento mal. Empieza a costarme respirar. Camino un rato. Choco gente que seguro murmura a mis espaldas. Encuentro una puerta.

El baño.

Algo mejor, al menos la música llega apagada. Reina el olor: Olor a meo, ácido, pero también olor a humo, y humedad. Todo está pegajoso. Al caminar, siento que el piso no quiere soltarme, y un ruido horrible, que hace el pegote contra la suela de goma de mis zapatillas. Me acerco a la pared para mear. Los tabiques que brindan esa mínima intimidad que algunos necesitan, están igual de pegoteados, así que trato de no tocarlos. La pared está toda escupida, y el agua que cae de un caño de plástico agujereado a la altura de mis ojos mantiene ese moco gigante goteando despacio hacia abajo. Bajo el moco, algunos dibujos. Infantiles: pijas, conchas, mujeres mostrando las tetas, insultos de todo tipo. Vuelve la sensación de rechazo, no tengo nada que ver con la gente que pudo hacer esto.

Me acerco a la pileta, que tira un chorrito de agua miserable. Desde el espejo, alguien me mira.

Ese no soy yo.

Eso no soy yo.

Vuelvo a la pared mocosa, donde acabo de mear, y escupo. Si tuviera una fibra, escribiría alguna puteada. Quiero saber si a fuerza de comportarme como un imbécil voy a poder ganar esa felicidad que veo en ellos. Imbéciles. Un pibe me mira escupir, mientras mea. Por hacer algo, lo mando al carajo. Me pega una trompada. No llega a dolerme, ni llego a defenderme. Atrás de esa trompada, me pega otras, varias más. Siento la cara caliente. Seguro estoy sangrando. Me alejo un paso, me toco la cara. Está mojado, pero, al mirarme las manos, no veo nada rojo. Deben ser lágrimas: estoy llorando. Siento que me agarran de la ropa y me tiran. Golpeo contra la pared viscosa del meadero.

Asco.

Quiero levantarme, pelear, pero ya todo terminó. El pibe se va, puteando.

Me levanto, miro el espejo. Tengo la cara manchada, no quiero saber con qué. Me lavo un poco, las manos, la cara. Es difícil, por esas canillas de mierda sale poca agua. Salgo de nuevo al ruido: camino, choco con la gente. No me importa. Encuentro la puerta, y salgo. No debo haberme limpiado bien, porque los gordos que cuidan la puerta me miran con cara de asco. No me importa, ya estoy saliendo. El frió de la noche me hace doler la cara, pero me hace bien, me despeja la mente.

Empiezo a caminar.

Querido Papá Noel

El sábado acompañé a una amiga a tatuarse con... bueno, dado que llevo ya tres tatuajes suyos, y que voy por más, creo que puedo decir que es un amigo, también: Javier Darío Ruiz.

El tema es que tenía que hacer un poco de tiempo, así que me puse a mirar arriba del escritorio, fotos de las cosas que él había hecho, y se me ocurrió este cuentito. Por suerte le gustó, y más suerte tuve porque me dejó subirlo al blog.

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Querido Papá Noel:

Nunca fui un chico muy bueno, ni del todo malo. No hice todas las cosas buenas que podría haber hecho, pero en mi defensa debo decir que tampoco hice todas las malas. Ni siquiera estoy seguro de creer en vos, pero acá estoy, escribiéndote.
Me cuesta pedir cosas, todo lo que tengo me salió del lomo, y estoy orgulloso de que así sea. No siento que nadie me haya regalado nada. Y no, no es una queja.

Pero hoy quiero pedirte algo difícil. No quiero trencitos de madera, ni autos a control remoto. No quiero una pelota de fútbol, ni una computadora nueva. No quiero juguetes, ni caramelos. Ni nada de lo que suelen pedirte.

Porque hoy te voy a pedir magia.

Quiero hadas, calaveras, y dragones. Quiero seres de este mundo (aves, lobos, leones) y quiero también seres de otros mundos (depredadores, inseminadores, cazadores). Quiero universos, estrellas, y cometas.

Quiero ángeles, quiero demonios.

Quiero soles, quiero lunas.

Quiero ver los sueños de las personas, y sus pesadillas.

Sus esperanzas, y sus miedos.

Quiero conjurar mis creaciones de una manera imperecedera: que estos seres cobren vida.

Quiero también que, cuando les de vida, cambien en algo al mundo. Y que, una vez realizados, acompañen a quienes los pidieron para siempre. Aunque un poco de mí se vaya con ellos, aunque a veces me duelan las manos, o la cintura.

Quiero hacer lo que me gusta.

En realidad, Papá Noel, no quiero pedirte nada...

Solo quiero seguir tatuando.